De éxito, por la capacidad de convocatoria y ausencia de incidentes, hay que calificar la multitudinaria manifestación que ayer recorrió las calles de Madrid a iniciativa de la AVT en contra de la negociación del Gobierno con ETA por la forma en que se desarrolla. El lema, Rendición, en mi nombre no, resume el sentir de muchos ciudadanos, que ven en el proceso de paz una traición a la memoria de las víctimas, porque puede implicar cesiones a los terroristas que socavarían el Estado de Derecho.
Hay argumentos suficientes como para sustentar el escepticismo, cuando no la inquietud, respecto del camino emprendido por el Ejecutivo. Ayer mismo Batasuna advertía de que es imposible llegar a un acuerdo que ponga punto y final al terrorismo en el marco de la Constitución. O sea, o hay rendición del Estado o no hay paz. Asistimos a un nuevo órdago a Zapatero, que no cesa de poner paños calientes a los desplantes de ETA. Es esa ambigüedad del discurso del presidente la que genera desconfianza. Dice defender a las víctimas pero a la vez legitima a sus verdugos; esgrime la Ley de Partidos y en cambio no descarta la concurrencia de Batasuna a las elecciones sin que condene expresamente la violencia etarra; se felicita por la marcha del proceso mientras crece la violencia en el País Vasco; reclama el compromiso del principal partido de la oposición pero fue el primero en traicionarle con episodios como la reunión de Patxi López con Otegi.
Zapatero tiene hoy graves problemas para que la opinión pública confíe en su plan. El primero y principal, que los violentos no han hecho una sola cesión en sus objetivos políticos. Todo lo contrario, sus propósitos dinamitan abiertamente el Estado democrático. Al responder con tibieza a esos desplantes -ya sea tras el robo de pistolas, el incremento de la kale borroka o las amenazas de los etarras a los jueces- alimenta la imagen de estar maniatado por una causa en la que ha volcado mucho de su capital político. No es extraño que a ojos de una parte nada desdeñable de la sociedad estemos más ante un ejercicio de voluntarismo que ante un acierto estratégico en la lucha contra el terrorismo. Tampoco ha conseguido sumar ni a las víctimas ni al PP, cuya plana mayor secundó la protesta de ayer. A las víctimas las ha soliviantado con una crítica de trazo grueso al acusarles de ser un mero ariete contra el Gobierno. En su discurso al término de la marcha, el presidente de la AVT le recordó, con un buen puñado de citas de dirigentes socialistas, que quien ha cambiado de criterio ha sido su partido. Por cierto, es una falta de seriedad la guerra de cifras que ofrecieron la Comunidad de Madrid (1.300.000 manifestantes) y la Delegación del Gobierno (129.715), que desprestigia por igual a ambas instituciones, pues es obvio que no había ni tantos ni tan pocos.
Zapatero debería empezar a sacar conclusiones de la presión de la calle, que ayer llevaba pancartas, pero que asoma también en sondeos tan poco sospechosos como los del CIS. Hay una rebelión cívica, en palabras de los convocantes, para que cambie de rumbo. Pero lo que ayer se le pedía, al menos explícitamente, no era que no negocie, sino que no se rinda, y el matiz le da margen para mantener vivo el proceso. Pero ha de ser con otros parámetros. No instrumentalizar la Justicia a través de la Fiscalía -con ello se alientan las ansias de venganza, como advierte hoy en una dramática entrevista una de las víctimas del atentado de Hipercor-, mantener la presión policial sobre los terroristas mientras no den signos inequívocos del abandono de las armas y retomar el diálogo con el PP deberían ser los primeros pasos.
Editorial de El Mundo
26-11-2006













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